martes, 12 de mayo de 2026

¡Vente a la boda! 

Una historia real (y muy surrealista) 

 

En plena primavera se acercan los días de celebración: bodas, comuniones, ferias, romerías…

Mi tienda no estaba lejos del juzgado de guardia, así que era habitual ver, de vez en cuando, coches engalanados, invitados elegantes y ese ir y venir propio de las bodas.

Aquel día parecía que iba a ser tranquilo, 

   así que decidí aprovechar para ordenar y limpiar la tienda, el escaparate y el taller de la trastienda. Entonces entró un fotógrafo, con su buena cámara y su bolsa llena de objetivos. Se puso a curiosear mientras esperaba a que unos novios terminaran en el juzgado y se marcharan al convite, listo para hacer su trabajo como fotógrafo oficial de la boda.

 

        Lo saludé y él siguió mirando. Cinco minutos después, entraron varios conocidos suyos, invitados que también comenzaron a curiosear.

     Luego llegaron otros que venían detrás, que estaban esperando fuera. Después, más invitados que esperaban a los que esperaban… y así sucesivamente. Al rato aparecieron los que buscaban a los que estaban esperando; luego los primos, los cuñados, los amigos de los novios, las novias de los primos, las cuñadas de los cuñados… y, por supuesto, las suegras, consuegras, suegros y consuegros.

   En cuestión de minutos, había allí más de 50 o 60 personas en un espacio reducido de apenas 50 metros cuadrados, lleno de estanterías con figuras, cuadros y expositores.

Aquello empezó a parecer el apartamento de los hermanos Marx: todos hablando a la vez, preguntando, comprando y con unas ganas tremendas de fiesta. Y yo, como una loca, intentando atender a todo el mundo como podía.

 

       De repente, los novios, al ver tanta gente allí dentro armando jaleo, decidieron entrar también, pensando que formaba parte de la celebración. Y con ellos entraron los padrinos, los testigos… ¡ya no faltaba nadie! Entonces empezaron los gritos típicos: “¡Vivan los novios!”, “¡Que se besen!”, “¡Vivan los padrinos!”

Durante unos minutos, aquello fue un auténtico caos. Lo que iba a ser un día tranquilo se convirtió, en un instante, en un follón de gente bien vestida, alegre y con ganas de celebrar.


 

Y no se fueron enseguida. Al contrario: ya que estaban allí, aprovecharon para comprar regalitos, detalles para los novios o para alguien de quien se habían acordado en el último momento. Yo solo veía pamelas, vestidos de lujo, lentejuelas, esmoquin… una mezcla de perfumes caros… y todo el mundo hablando, riendo, cantando: ¡fiesta, fiesta!

 

En aquella situación tan absurda, solo faltaba que entrara un catering con bandejas de bebida y canapés. Y casi sucede, porque algunos ya se refrescaban con latas de cerveza. Mi tienda parecía la antesala de una recepción de boda, y yo en medio, completamente desbordada.

Cuando estaba a punto de gritar al más puro estilo de Lola Flores: “¡Si me queréis, irse!”, al padrino no se le ocurrió otra cosa que decirme:

—¿Te vienes con nosotros a la boda?

—¿Yo?

Y entonces corrió la voz. En un sitio tan pequeño y con tanta gente apretujada, fue rapidísimo. Todos empezaron a animarme:

—¡Sí, vente!
—¡Vente con nosotros!
—¡Vámonos todos de fiesta!
—¡Recoge y te vienes a la boda!

Y, oye… que me convencieron.

Así que cogí las llaves, cerré las persianas y me fui con todos ellos, con mi cara lavada, mis vaqueros, mis zapatillas de deporte, sin pamelas ni lentejuelas, y con mi perfume de agua fresca a un euro el litro.

Y fue, sin duda, la mejor boda en la que he estado nunca.


 

 

 A veces, los mejores planes son los que no tenías.

viernes, 1 de mayo de 2026


Abaniquera Elegante

Restauración de una abaniquera: proceso y resultado

En esta ocasión, quiero compartir el proceso de restauración de una abaniquera que llegó al taller con un evidente desgaste en su acabado.

Se trata de una pieza con un gran valor estético y funcional, pensada no solo para conservar abanicos, sino también como elemento decorativo. Sin embargo, el paso del tiempo había provocado la pérdida de parte de su presencia original, especialmente en las zonas doradas.

El trabajo comenzó con una limpieza cuidadosa, fundamental para eliminar suciedad y no dañar los materiales originales. 

Una vez limpia, se procedió a la renovación del pan de oro  Este proceso requiere precisión y respeto por el acabado original.

Durante toda la restauración, el objetivo ha sido conservar el carácter de  una abaniquera, clásica, para conservar los recuerdos y los abanicos 

El resultado final devuelve a la pieza su presencia y equilibrio, permitiendo que vuelva a cumplir su función y a formar parte de un entorno con la elegancia que debería tener.

Cada restauración es un proceso único, en el que el tiempo, la técnica y la sensibilidad juegan un papel fundamental.